Bolth, mientras jugaba con su dueña, encuentra algo más
interesante. Una pequeña pelota de papel, toda arrugada, mojada, y la lleva a
su dueña Mafalda que percibe una textura distinta en el papel, algo muy antiguo.
Cuando o despliega percibe que hay algo
escrito con una caligrafía muy diferente de todo que ya había visto. Su día que
estaba monótono cambió y le hizo sentir
muchas ganas de descubrir quién era la persona que estaba en el papel que trajo
el gato y donde quedaba aquel lugar. Entonces salió a buscar la dirección que
estaba ahí, pues ya había visto que no era muy lejos. Después de una hora de
camino llegó y encontró solo un terreno vacío. Para calmar la ansiedad durante esa hora se dirigió al
parque ubicado en la esquina del otro lado de la calle.
El parque era pequeño, tenía tres bancos y no
más de cinco árboles. Allí se respiraba otro aire.
Dos bancos del parque estaban ocupados por
adolescentes. En el otro se encontraba una anciana. Se acercó a ella y le pidió
permiso para sentarse a su lado. Sus palabras de bienvenida asomaron entre una
amable sonrisa. Mafalda sacó del bolso el papel para leer e intentar descubrir
algo. La anciana comenzó la conversación y Mafalda renunció a la lectura. Se
llamaba Catalina, tenía 73 años y vivía sola. Todas las tardes visitaba el
parque. No le gustaba la televisión pero oía la radio. Mafalda le aconsejó que
leyera. No podía leer, padecía de cataratas.
La anciana miró a su alrededor. En voz baja le
comentó que hacía tres meses un vecino había intentado asesinarla. Mientras la
escuchaba, Mafalda conservaba el papel abierto sobre sus piernas. Lo cerró. No
se atrevió a preguntarle. Sabía que seguiría hablando. Era el resultado lógico
de su soledad.
Catalina se acercó más y bajó el tono de su
voz apagada. Dijo que se sentía muy sola en su apartamento pues odiaba a sus
vecinos. Creía que ellos también sentían
lo mismo por ella. De repente percibió el papel que estaba con Mafalda y
preguntó de qué trataba. Sin mucho deseo, Mafalda empezó su relato desde el
comienzo, segura de que nada de nuevo podía
acontecer. Fue cuando miró a la señora
Catalina y ella estaba llorando. Perpleja, Mafalda no tuvo tiempo de saber el
porqué de las lágrimas, el porqué del sufrimiento... La
señora se levantó del banco y se fue.



