dijous, 28 d’abril del 2016

CATALINA

Bolth, mientras jugaba con su dueña, encuentra algo más interesante. Una pequeña pelota de papel, toda arrugada, mojada, y la lleva a su dueña Mafalda que percibe una textura distinta en el papel, algo muy antiguo. Cuando o despliega  percibe que hay algo escrito con una caligrafía muy diferente de todo que ya había visto. Su día que estaba monótono  cambió y le hizo sentir muchas ganas de descubrir quién era la persona que estaba en el papel que trajo el gato y donde quedaba aquel lugar. Entonces salió a buscar la dirección que estaba ahí, pues ya había visto que no era muy lejos. Después de una hora de camino llegó y encontró solo un terreno vacío. Para calmar la ansiedad durante esa hora se dirigió al parque ubicado en la esquina del otro lado de la calle.
El parque era pequeño, tenía tres bancos y no más de cinco árboles. Allí se respiraba otro aire.
Dos bancos del parque estaban ocupados por adolescentes. En el otro se encontraba una anciana. Se acercó a ella y le pidió permiso para sentarse a su lado. Sus palabras de bienvenida asomaron entre una amable sonrisa. Mafalda sacó del bolso el papel para leer e intentar descubrir algo. La anciana comenzó la conversación y Mafalda renunció a la lectura. Se llamaba Catalina, tenía 73 años y vivía sola. Todas las tardes visitaba el parque. No le gustaba la televisión pero oía la radio. Mafalda le aconsejó que leyera. No podía leer, padecía de cataratas.
La anciana miró a su alrededor. En voz baja le comentó que hacía tres meses un vecino había intentado asesinarla. Mientras la escuchaba, Mafalda conservaba el papel abierto sobre sus piernas. Lo cerró. No se atrevió a preguntarle. Sabía que seguiría hablando. Era el resultado lógico de su soledad.
Catalina se acercó más y bajó el tono de su voz apagada. Dijo que se sentía muy sola en su apartamento pues odiaba a sus vecinos. Creía  que ellos también sentían lo mismo por ella. De repente percibió el papel que estaba con Mafalda y preguntó de qué trataba. Sin mucho deseo, Mafalda empezó su relato desde el comienzo, segura  de que nada de nuevo podía acontecer. Fue cuando miró a  la señora Catalina y ella estaba llorando. Perpleja, Mafalda no tuvo tiempo de saber el porqué de las lágrimas, el porqué del sufrimiento... La señora se levantó del banco y se fue.    


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