ROJO
Era una de esas tardes interminables de domingo.
Nos habíamos mudado este fin de semana y mis papás trataban de ordenar las
cosas en la nueva casa. Yo ya me imaginaba lo que iban a decir los niños de
este barrio cuando me vieran: “mira, ¡es pelirroja!” con voz de asombro y los
ojos bien abiertos. Esto es porque acá en la ciudad en que vivo los pelirrojos
somos muy poquitos, casi una raridad. Ya que estaban todos ocupados con los
quehaceres, resolví dar un paseo por la calle. Es una calle bastante larga y al
llegar a su final hay un pasadizo estrechito y poco oscuro que lleva a una
playa de arena muy gruesa y aguas muy azules. Me dieron unas ganas tremendas de
irme a esa playa y mojarme los pies en el agua fría y salada. Pero, confieso,
ese pasadizo me daba un poco de miedo. Y yo no soy una de esas niñas que se
cree en todas las historias de lobos o monstruos del armario. Me llené de valor
y adentré en el pasadizo. Más o menos a la mitad del camino escuché una voz
hablando bajito: “mira, ¡rojo! ¡Color rojo!”. Me di vuelta y no vi a nadie.
Luego escuché un ruido, como si algo se arrastrara en el piso, y para mi
sorpresa cruza delante de mí un camaleón muy raro. Era de un color medio
blanco, un poco beige, a lo mejor ni siquiera era un color. Se detuvo y se puso
a mirarme con los ojos bien abiertos. Luego saltó hacia mí y preguntó “¿cómo
haces para tener ese color rojo tan lindo en tu cuerpo?”. En ese momento no
pensé en lo absurdo que era estar hablando con un camaleón y le respondí: “nací
así”. El animalito se largó a llorar y entre sollozos me dijo “yo nací con un
enorme defecto, diferente de los otros de mi especie, no puedo mimetizarme.” Lo
miré y buscando encontrar una solución le propuse que yo trajera tintas y tizas
de colores para que pudiéramos colorearlo. Aun con la cara triste me dijo que
la lluvia borraría todo y tampoco conseguiríamos un color tan bonito como el
rojo de mi pelo. Luego se me ocurrió una idea genial. Le expliqué que debería
estar en casa antes de que oscureciera, pero que al día siguiente lo volvería a
visitar.Amaneció y yo le insistí a mi madre que me llevara
a la peluquería, sin entenderlo mucho, me dijo que sí. Agarré todo el pelo que
caía sobre mis hombros y los fui juntando con un pedacito de bramante que había
llevado en el bolsillo. Nomás llegar a casa, le dije a mi mamá que iba a jugar en
la calle y me fui corriendo hacia el pasadizo. Le grité “camaleón, camaleón,
encontré una solución”. De pronto se me apareció con una sonrisa gigante “que
diferente estás” me dijo. “Me corté el pelo” le respondí y saqué de mi bolsillo
la peluca que le había armado con el pelo cortado. Ahora el camaleón tenía en
su cuerpo el color rojo que tanto le gustó.



