Todos los días a la misma hora Don Manuel iba hacia
su buzón de correspondencia. Como en un ritual, agarraba la tan esperada carta
que siempre estaba ahí.
Animado subía las escaleras e iba en dirección a su
escritorio. Tenía la mesa llena de sobres y el aire olía a tinta fresca.
Al sentarse a su mesa guardaba la carta recibida en
un cajón ya repleto de otras cartas cerradas.
Luego, como parte de su ritual diario, abría la
ventana, miraba hacia el mar y otra vez volvía a encontrarse con su soledad.
Más otra vez su momento de solitud fuera invadido
por un gran barullo, era la radio de su vecina Catalina, viuda y solitaria.
Catalina, cuyo único compañero era su radio, pues odiaba a sus vecinos, estaba un
poco sorda y escuchaba su radio a un volumen absurdo. Ella parecía presentir
cuando Don Manuel iba a su escritorio.
Don Manuel pensaba: que hacía de errado por estar pagando
de esta forma.
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