dimecres, 29 de juny del 2016

ROJO


ROJO

Era una de esas tardes interminables de domingo. Nos habíamos mudado este fin de semana y mis papás trataban de ordenar las cosas en la nueva casa. Yo ya me imaginaba lo que iban a decir los niños de este barrio cuando me vieran: “mira, ¡es pelirroja!” con voz de asombro y los ojos bien abiertos. Esto es porque acá en la ciudad en que vivo los pelirrojos somos muy poquitos, casi una raridad. Ya que estaban todos ocupados con los quehaceres, resolví dar un paseo por la calle. Es una calle bastante larga y al llegar a su final hay un pasadizo estrechito y poco oscuro que lleva a una playa de arena muy gruesa y aguas muy azules. Me dieron unas ganas tremendas de irme a esa playa y mojarme los pies en el agua fría y salada. Pero, confieso, ese pasadizo me daba un poco de miedo. Y yo no soy una de esas niñas que se cree en todas las historias de lobos o monstruos del armario. Me llené de valor y adentré en el pasadizo. Más o menos a la mitad del camino escuché una voz hablando bajito: “mira, ¡rojo! ¡Color rojo!”. Me di vuelta y no vi a nadie. Luego escuché un ruido, como si algo se arrastrara en el piso, y para mi sorpresa cruza delante de mí un camaleón muy raro. Era de un color medio blanco, un poco beige, a lo mejor ni siquiera era un color. Se detuvo y se puso a mirarme con los ojos bien abiertos. Luego saltó hacia mí y preguntó “¿cómo haces para tener ese color rojo tan lindo en tu cuerpo?”. En ese momento no pensé en lo absurdo que era estar hablando con un camaleón y le respondí: “nací así”. El animalito se largó a llorar y entre sollozos me dijo “yo nací con un enorme defecto, diferente de los otros de mi especie, no puedo mimetizarme.” Lo miré y buscando encontrar una solución le propuse que yo trajera tintas y tizas de colores para que pudiéramos colorearlo. Aun con la cara triste me dijo que la lluvia borraría todo y tampoco conseguiríamos un color tan bonito como el rojo de mi pelo. Luego se me ocurrió una idea genial. Le expliqué que debería estar en casa antes de que oscureciera, pero que al día siguiente lo volvería a visitar.Amaneció y yo le insistí a mi madre que me llevara a la peluquería, sin entenderlo mucho, me dijo que sí. Agarré todo el pelo que caía sobre mis hombros y los fui juntando con un pedacito de bramante que había llevado en el bolsillo. Nomás llegar a casa, le dije a mi mamá que iba a jugar en la calle y me fui corriendo hacia el pasadizo. Le grité “camaleón, camaleón, encontré una solución”. De pronto se me apareció con una sonrisa gigante “que diferente estás” me dijo. “Me corté el pelo” le respondí y saqué de mi bolsillo la peluca que le había armado con el pelo cortado. Ahora el camaleón tenía en su cuerpo el color rojo que tanto le gustó.

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